lunes, 22 de junio de 2015

Mente, conciencia, yo

El cerebro es un órgano que forma parte de la anatomía humana. Está formado por tejidos, los que a su vez están formados por células llamadas neuronas. El funcionamiento del cerebro puede ser descripto y explicado por la biología (más específicamente por la disciplina conocida como neurobiología). Sin embargo, cuando hablamos de la mente nos referimos a algo menos concreto, pero que no deja de ser un mecanismo.

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Representación del yo y la conciencia.
Los procesos mentales (por ejemplo, la concepción de una idea, la resolución de un problema matemático o incluso la creación de emociones, como la tristeza y la felicidad) se llevan a cabo mediante mecanismos cerebrales. Los continuos avances de las neurociencias están estableciendo, cada vez con mayor precisión, la relación entre unos y otros.

Burdamente podríamos comparar la combinación de mente y cerebro con la de software y hardware de una computadora (la mente sería el software y el cerebro, el hardware). Entonces, en conclusión, la naturaleza nos dotó de una computadora, bastante compleja y no muy fácil de usar, la cual (como ocurre con muchas de las computadoras que adquirimos) vino sin un manual. Por suerte nos dotó también de una fuerte curiosidad, gracias a la cual fuimos descubriendo cómo se usa.

Además de software y hardware, la computadora necesita, obviamente, energía para funcionar, pero además necesita un elemento clave, que es la intención. El usuario es el que pone la intención, el que emplea a la computadora con el objetivo de lograr algo.

En el caso de la mente, quien se encarga de aportar la intención somos nosotros, el “yo”, los usuarios de la mente. Para poder utilizar la mente de acuerdo a nuestros propósitos, accedemos por medio de su interfaz de usuario: la conciencia.

La conciencia hace llegar nuestra intención al interior de la mente, y a la vez es la encargada de interpretar, de dar sentido a la información que produce la mente, de convertir esa información en conocimiento. La conciencia es la que rige todos nuestros actos conscientes (valga la redundancia), y entre estos actos, está el pensamiento consciente.

La conciencia es la encargada de impedirnos actuar por puro instinto. Es, por lo tanto, la que nos diferencia del resto de los seres vivos que conocemos que cuentan con cerebro (si bien se ha demostrado que hay animales que poseen alguna forma de conciencia).

Es nuestra conciencia la que dicta a la mente lo que debe hacer y la que recibe de la mente los resultados de su trabajo, interpretándolos para que entendamos sus implicancias y su significado.

Pero, en última instancia, somos nosotros quienes tomamos la decisión de qué hacer, o sea, podemos decidir hacerle caso a la conciencia, o podemos decidir dejar que el instinto nos gobierne.

Esto nos lleva a una complicada disquisición filosófica: ¿a qué nos referimos al decir “nosotros”? ¿Por qué ese “nosotros” es una entidad separada de la conciencia? ¿Acaso la conciencia no forma parte de la mente?

Ese “nosotros” se refiere a nuestros respectivos yo, según la definición psicológica de “yo”. Para redondear la explicación de cómo interactúan la mente, el cerebro, el conciencia y el yo usaremos una analogía: imaginemos que nuestra persona, nuestro ser individual, es un barco en movimiento. En ese barco, el yo (o el “nosotros” del que hablábamos antes) es el capitán del barco. Es el que sabe hacia dónde debe ir el barco, es el que toma las decisiones sin que nadie pueda discutir su autoridad.

La mente y el cerebro son los sistemas de control del barco (imaginemos que es un barco moderno, con computadoras y sistemas de avanzada). La conciencia es la que maneja la computadora. Es la que obtiene información para suministrársela al capitán, y la que da las órdenes a la computadora.

La conciencia sugiere cuáles deben ser las acciones a seguir, pero en definitiva debe aceptar las decisiones del capitán, es decir, del yo. A veces la conciencia no quiere aceptar que el capitán tome decisiones supuestamente erróneas, entonces ahí es donde salen a relucir ciertos recursos que utiliza para imponer su criterio, como por ejemplo la culpa.

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